Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

martes, 20 de junio de 2017

Días en blanco

Mientras escribo a la luz del mirador de mi casa, el reloj de Los jardines de la Reina marca que son las 16:35 y que estamos a 30º a la sombra. No sé si ésta es una ola de calor o sufro una resaca de sopor, lo que sí sé es que este que brilla es un sol de justicia, ya que –aunque se aplica a toda la ciudadanía, lo mismo que lo legislado en códigos y códices– machaca a los débiles y a los desprotegidos.

Mal momento éste para concentrarme en concluir la primera escritura de mi nueva novela primeriza. Aunque sé que peor lo están pasando los trabajadores que están volviendo a zanjar la calle a la que asoma mi mirador, levantada de nuevo al desvarío de un ayuntamiento servil con los intereses de unos pocos hosteleros, y no servicial con sus administrados.

Calor y ruido acechan en todos los rincones de una ciudad de Gijón que en verano se vuelve tan vulgar como quienes se hablan a voces en las terrazas de unas calles públicas peatonalizadas para beneficio hostelero, calles y plazas en las que ya no encuentro mi sitio.

Calor, ruido y hedores corporales que me impiden refugiarme en las bibliotecas públicas para escribir: a la molestia del teclear sobre el suelo que repican las suelas de las chanclas de unos estudiantes paseantes, que en lugar de estar preparando unos exámenes parecen estar preparándose para unas olimpiadas, se une la agresión pestilente de unos cuerpos que o bien transpiran hedor acre o despiden tufo aromático. El ruido de sus pasos y memeces, el hedor de su falta de aseo o de su exceso de perfume, mis ganas contenidas de afearles su falta de aliño y de respeto, todas estas groserías juntas, me revuelven, y llevan a que –durante esta época del año que acaba a principio de julio– evite el uso como escritorio privado de bibliotecas y salas de estudio públicas.

Así que me quedo en casa, con las ventanas cerradas, mientras intento resistirme al incordio del ruido y al agobio del calor. Pero no estoy cómodo, no logro abstraerme, pues no me parece que lo de estar sudado y aturdido sea la mejor manera de presentarme ante Sidonie. Por lo que, de nuevo, desisto de avanzar en esta novela que se me resiste. Y opto por bajar las persianas exteriores de mi casa, para aislarme del ruido de la calle y del calor de un sol que justo ahora cae sobre este inconsciente con el mismo peso con el que la ley se aplica sobre un infractor involuntario.