Ven y enloquece

Ven y enloquece
Nada ha sido probado

martes, 19 de septiembre de 2017

Lo que sé de mí 19/IX/17

Ayer lunes de tarde quedé temprano para compartir un café.
A mis cincuenta y dos años recién estrenados sigo viviendo con sorpresa muchas experiencias vitales a las que la mayoría de mis iguales no les dais mayor importancia. Por ejemplo: me sorprende el que personas con las que no tengo una relación cercana se acuerden del día de mi cumpleaños –olvidemos el recordatorio que a tal efecto realizan las “redes sociales”, pues yo no tengo cuenta personal en Facebook ni en Twitter, ambos perfiles son de mi heterónimo literario y él no cumple años–. E igualmente me sorprende el recibir regalos de invitados a celebraciones que no organizo y en las que soy el agasajado sorpresa. Mi asombro aumenta al recibir regalos tan sentidos como sencillos, ya que considero que para hacer un regalo vistoso sólo se necesita algo tan impersonal como es el dinero, pero para idear un obsequio sencillo, se necesita sentir aprecio personal.


Ayer lunes de tarde recibí unos grandes regalos sencillos. Antes del primer sorbo y después del primer beso, se me regaló un cuaderno de escritura y un bolígrafo. Mientras compartíamos el café, Sara me dio otro regalo más personal y arriesgado, este consejo: “Céntrate en tu carrera de escritor, creo que debes dejar de escribir gratis y de autopublicarte en Amazon”. Consejo que me sorprendió al venir de alguien a quien le inquieta el que no aproveche las oportunidades laborales que aún se me presentan, y que siempre ha visto en mi dedicación a la escritura una consecuencia de mi carácter “bohemio”.

Encontré difícil contraargumentar su consejo pragmático, basado en la asociación habitual entre “profesionalidad” y “remuneración”, y sé que mi explicación le sonó a ilusa, ya que no logré que me diera la razón, sólo que me dedicara una sonrisa.
Hoy pienso lo mismo que ayer, aunque lo escriba con palabras distintas a las que pronuncié:
No me siento un escritor literario: me falta ese equilibrio entre el fondo y la forma que es imprescindible para compartir una impronta creativa que sea tan personal como universal. Sé que tengo estilo personal al escribir, lo mismo que lo tengo al caminar, al hablar o al mirar. Es natural el que haga las cosas de manera diferente a como las repite la mayoría, que las desarrolle de una forma que en mí queda bien –incluso me confiere atractivo–, pero que a la vez desconcierta y dificulta la comunicación.
Hablo de una manera que lleva a que muchas personas prefieran escucharme a conversar, paseo en compañía como estuviera bailando solo, y miro sin observar a mi interlocutor. Por ello, cuando intento acompasar el paso, centrar la mirada o silenciar mi elocuencia, mis acompañantes se ponen nerviosos: creen que me siento juguetón o que estoy más “raro” de lo habitual.

No se me da bien hacer las cosas tal y como los demás las hacen; de ahí que, por ejemplo, sea bueno expresándome, pero no comunicándome. La escritura de mis “enninaciones” es un acto de expresión impulsivo, algo parecido al hablar con lengua de trapo que articula un niño pequeño antes de que su habla se normalice. Pero este lenguaraz tiene cincuenta y dos años y sigue escribiendo a su manera, no según las pautas de creación literaria –incluso el dadaísmo seguía un manifiesto, mientras que el “ninismo” manifiesta a un caprichoso–.
De ahí que me sorprenda el que haya personas que como tú, atento lector, mostréis interés por lo que escribo y me dediquéis vuestro tiempo de lectura cuando son tantas y tan buenas las ofertas creativas que se pueden encontrar en blogs dispares en personalidad creativa pero hermanados por su valía comunicativa.

Yo continúo con mi lento aprendizaje de las técnicas literarias; creo que mi gran reto a aprender es descubrir cómo eliminar las manías de mi escribir, a la vez que lo mantengo caprichoso –ese “ninismo” es mi impronta-. La mía no es una carrera creativa, sino un paseo recreativo; paseo que en su siguiente etapa incluye una nueva visita a Amazon, donde publicaré mi antología de relatos «Nada ha sido probado».

Gracias por tu compañía, atenta lectora.