Ven y enloquece

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Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

viernes, 21 de febrero de 2014

Maus, de Art Spiegelman (2 de 2).




        Lo que convierte al trabajo de Spiegelman en inquietante, emocionante, ameno y único, no es el tema que aborda, sino la habilidad con la que trueca su creación artística en una sucesión de escenas vivas, que trascienden la condición de memorias autobiográficas, documentos históricos o retablos costumbristas. Independientemente de la voluntad inicial del creador, su relato va más allá de la plasmación y denuncia del genocidio sufrido por su raza, pues como lectores establecemos con él un proceso comunicativo de trueque de experiencias familiares y personales.

La lectura de Maus, nos sumerge en una atractiva charla con un amigo con el que intercambiamos vivencias sobre las dificultades de crecer a la sombra de un padre más cercano al bíblico Abraham que al televisivo Michael Landom, sobre esas pequeñas cosas que nos hacen tomar grandes decisiones, o sobre el proceso de descubrir que querer a alguien implica aceptar, que no justificar, su lado negativo.



         


        Ya desde el pasaje inicial en el que un niño que acaba de descubrir la fragilidad de la amistad, recibe de su padre –en lugar de palabras de consuelo o un abrazo protector– una fría corrección y una amarga reflexión sobre la camaradería, Spiegelman inicia un diálogo con sus lectores –similar al de un paciente con su psiquiatra– en el que se van intercalando saltos narrativos, silencios e incluso digresiones que contribuyen a presentar una disección conmovedora de las relaciones padre-hijo.



        La dificultad de crecer junto a alguien que te está corrigiendo constantemente, buscando no que hagas las cosas bien, sino a su manera; la sensación de ser un David en eterna pugna con un Goliat al que deberías imitar y no rechazar; la contrariedad de convivir con alguien que cree que las muestras de afecto son síntoma de debilidad; el sacrificio de tus vocaciones en el altar de orientar tu vida hacia campos donde puedas crecer individualmente; la imposibilidad de compartir espacio por mucho tiempo con alguien cuya forma de quererte hace que lo rechaces; el reconcomio que te invade cuando desatiendes a quien toda tu vida te ha protegido;... toda una serie de lugares comunes y experiencias compartidas que convierten la lectura de Maus en un agridulce paseo por las avenidas afectivas.



        Art Spiegelman realiza esta catarsis de la relación con su padre, muerto mucho antes de que el autor finalizase la obra, intentando mostrarse lo más respetuoso posible con su progenitor, y sin evitar escenas en las que es su comportamiento el que desencadena crisis emotivas. Una de las interpretaciones posibles tras la lectura de esta fábula antropomórfica, es el reconocimiento implícito por parte del autor de que no son tantos los aspectos que le separaban de su padre, lo que ocurre es que la vida le ha tratado mejor. Ambos son supervivientes, y no pueden evitar por ello cierto sentimiento de culpa. El recuerdo de un hermano muerto –Spiegelman– o de un pueblo exterminado –su padre– puebla sus recuerdos. Su perseverancia, tozudez y capacidad de sacrificio posibilitan el que ambos logren triunfar en sus objetivos.



        Una lectura recomendable a todo aquél que alguna vez ha sido hijo.



Adenda: Ya en 2014, podéis encontrar Maus en una nueva edición por parte de Mondadori.



Nino Ortea.  Gijón, 31-I-2002 (original) // 21-II-2014 (revisión)

2 comentarios:

  1. muy buena reseña... no sabía que trataba de eso, a simple vista es mas sinple... pero se ve que no tanto...

    todos sabemos que la madre es lo mas importante de todo... pero que el que nos marca la vida es nuestro padre, para bien o (en muchos casos, demasiados) para mal...

    abrazo...

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    Respuestas
    1. Hola, JLO:
      Muchas gracias por tus palabras.
      Maus es una gran obra, de lectura amena y estimulante. sin tremendismos ni victimismos.
      Sí, la figura paterna oficia muchas veces de dios de la ira que nos expulsa del Edén (o así lo sentimos, hasta que el paso del tiempo nos hace ver de manera diferente las cosas)
      Un abrazo, JLO.

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Hola, gracias por tu tiempo de lectura.