Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

lunes, 21 de agosto de 2017

Sueños húmedos, por Alfonso Azpiri



Sueños húmedos
Alfonso Azpiri
Volumen único. Norma

Lejos está la gloriosa época en la que el curso de la historieta española, venía marcado por los viriles aconteceres de masculinos personajes como Purk, El Cachorro o las lúcidamente misóginas peripecias de Roberto Alcazar y Pedrín, sabedores de que el único amor femenino auténtico es el de una madre.
Aquellos eran tebeos que uno podía llevar a su hogar y permitir que sus tiernos infantes se enfrascasen en la lectura de aventuras y hazañas imaginarias; por supuesto sin compartir esa infantil costumbre, pues para aventuras y hazañas reales estaban las del Real Madrid. En aquellos tiempos, las viñetas trasmitían el reflejo de la organización social perfecta: la mujer en casa, cuidando de los retoños y rezando por la vuelta exitosa a casa de un marido ocupado en la salvaguarda de la Cultura Occidental, enfrentándose a moros, judíos y demás herejes masónicos.
Por desgracia esos valores se han perdido. Estoy seguro de que todo comenzó con los dibujos de ese tal Ambrós –que por algo había sido republicano–, que con sus Sigrids y Zoraidas mostraba a mujeres inteligentes, independientes y guapísimas. ¡Qué afrenta el que un caballero cristiano como El Capitán Trueno no se enamorara de mujer de castizo nombre y católica formación, y cayera prendado de una sílfide pagana!



El caso es que uno compró este álbum, Sueños húmedos, engañado por la pérfida publicidad que hablaba de historias ambientadas en el mundo de “Las mil y una noches” o en La Edad Media. “¡Cáspitas!, pensé, un tebeo de los de antes, se lo regalaré a mi nietito Marcelinito”. Pero ¡qué me encontré!, os lo intentaré resumir para evitar que caigáis en el abismo de perdición en que me encuentro. La historia aparece dividida en cuatro relatos, a cuál más pervertido, todos ellos protagonizados por esculturales féminas cuya impudicia y lascivia, como menos provoca sonrojo. La obra recoge elementos que nos recuerdan a otras narraciones: madrastras celosas de sus hijas, intrigas por conseguir reinos,... . En la primera historia aparecen referencias a un tal Ali y sus cuarenta viciosos. La segunda nos recuerda a “La bella y la bestia”; su fetichista amputación final nos evoca a la película El imperio de los sentidos. La tercera, un auténtico sueño húmedo futurista, trae a la memoria aquella canción de Siniestro Total: “Todos los ahorcados mueren...” . La última narración presenta un final parecido al de Instinto Básico.
A lo largo de sus 46 páginas el vicioso autor, un tal Azpiri que ni se atreve a firmar con su nombre completo, no se retrae a la hora de mostrarnos explícitas muestras de violaciones o relaciones lésbicas. La obra refleja perfectamente el licencioso carácter sibilino que preconiza el título, gracias a un sensual trazado de la línea y un onírico uso del color.
Pensándolo bien, no le daré el tebeo a Marcelinín; pues desde que lo leo antes de acostarme mi Chonchi me llama “Super Viagra”.

Reseña escrita originalmente el 7-11-1999

domingo, 20 de agosto de 2017

Descansa en paz, Alfonso Azpiri.



Alfonso Azpiri ha muerto este viernes, 18-VIII-2017, a consecuencia de un cáncer; según ha informado su editor, Ricardo Esteban, quien lo ha recordado como uno de los grandes del Cómic español.
Tuve la suerte de entrevistar a Alfonso Azpiri –en junio de 2014– durante una extensa y afable conversación telefónica que apareció condensada en el número 7 de la revista “Zander Magazine”. Confío en recuperar pronto esa entrevista y compartirla en este blog.




Azpiri fue uno de los dibujantes españoles más reconocidos por su trabajo en cómics, historietas para adultos, películas y portadas de videojuegos. Entre sus creaciones más conocidas están “Lorna”, un cómic erótico del que hubo varios intentos para llevarlo al cine, y “Mot”, más orientado al público juvenil y que sí se convirtió en una serie de animación.
Sus primeras historietas aparecieron en la revista “Trinca” a partir de 1971, con guiones de Carlos Buiza y Carlos Cidoncha,. Tras el cierre de “Trinca”, se ganó la vida durante más de tres años con obras de carácter erótico para el mercado italiano, mientras iba desarrollando a ratos muertos historietas de autor como Zephyd. A partir de 1981, en “Cimoc”, desarrolló con el guionista Cidoncha su serie Lorna, también para adultos. Posteriormente sus obras aparecerán en varias revistas prestigiosas, como “Heavy Metal” y “Penthouse Comix”. En 1988 comienza a publicar en "El Pequeño País" el cómic infantil “Mot”, que luego sería recopilado en álbumes de gran éxito y adaptado a serie de animación.
Formó parte de la llamada época dorada del software español. Diseñó las portadas de casi doscientos videojuegos españoles, como Dinamic, Opera Soft y Topo. Trabajó con guionistas como Carlos Buiza. En 2010 se publicó el libro Spectrum, una recopilación de sus mejores trabajos.

Descansa en paz, Alfonso Azpiri.

viernes, 18 de agosto de 2017

Soy un soñador que sueña y luego revive dentro del sueño



Frente a los cobardes y su terror, mi respuesta es seguir viviendo con esperanza.


Me fascina la belleza, a medida que tengo la suerte de envejecer más la aprecio en su esencia. Hace años nunca me habría parado a mirar a una pareja acaramelada de ancianos, o a un niño sonreirme. Ahora observo estos actos cotidianos de belleza y siento que, pese a las pesadillas cotidianas, la vida tiene fases de sueño tranquilo.
El mundo onírico se basa en una suspensión de la Realidad, nuestras ilusiones “esperanzantes” se sitúan sobre la Realidad grávida, y nos conducen a la revolución surrealista en la que lo que sentimos llega a derrotar la dictadura de lo que admitimos: no hay mejor ideario revolucionario que el de ser uno mismo y no quien se espera que seas.

Me fascina la belleza que refleja el realizador David Lynch, su capacidad para imaginar fases de sueños tranquilos. En la actual tercera temporada de la teleserie Twin Peaks – producción cocreada por Lynch junto a Mark Frost–, el director retoma su personaje de Gordon Cole: un agente del orden que es fiel al desorden sensorial que nos invade ante la belleza.
En el decimocuarto episodio de esta temporada, Gordon Cole cita la frase procedente de los textos de los Vedas hindúes “Somos como el soñador que sueña y luego vive dentro del sueño” dentro de la evocación de su nuevo sueño con la ensoñadora Monica Bellucci.
Aquí os dejo una captura de esta secuencia evocadora


Y ésta es mi traducción apurada, casi dadaísta, de la mayor parte de la evocación del sueño.
 “(...) Y anoche tuve otro sueño con Monica Bellucci. Estaba en París en un caso. Monica me llamó y me pidió que nos viéramos en un café en concreto. Dijo que necesitaba hablar conmigo. Cuando nos vimos en el café Cooper estaba ahí; pero no pude ver su cara. Monica fue muy agradable. Vino acompañada de amigos. Compartimos un café. Y luego pronunció la frase ancestral: ‘Somos como el soñador que sueña y luego vive dentro del sueño’. Le dije que lo entendía. Y entonces recalcó: ‘Pero, ¿quién es el soñador?’”. Una sensación inquietante y arrebatadora se apoderó de mí. Mónica echó un vistazo rápido y me indicó que me girara para ver algo que estaba pasando. Me giré para verme tal y como yo era hace mucho tiempo, en la antigua oficina de Filadelfia, mientras escucha a Cooper decirme lo preocupado que estaba por un sueño recurrente (…)”
Justo en ese momento asistimos a una imagen de la película de Lynch: Fuego camina conmigo.

Cuando recuerdo mis sueños, me evoco soñando un sueño –normalmente proyectado como una película en una sala de cine en la que soy el único espectador–. Cuando revivo mis sueños, me siento lleno de vida e ilusión.
You may say I'm a dreamer, but I'm not the only one.
I hope someday you'll join us, and the world will live as one.
Extracto de la letra de la canción Imagine, de John Lennon.

Mantener viva la ilusión individual en una coexistencia plural, donde se respete al diferente y al débil, ésa es nuestra victoria frente al horror del pensamiento único.
Gracias, amigo lector, por ayudarme a mantener vivo mi sueño de ensoñarme como un escritor.

jueves, 17 de agosto de 2017

Que el terror no nos paralice



 “¿Y qué hago?”

Poco antes de las 7 de la tarde me conecté a Internet con la intención de buscar información para intentar darle forma a mi nuevo proyecto literario. Al acceder a la edición digital del diario El País –mi actual página de inicio–, me impactó la noticia de un atentado terrorista en Barcelona: un atropello a causa del que se informa que, en el momento de escribir estas líneas, llevan fallecidas trece personas. Mientras escribo mantengo activa una señal de audio en directo, cuya audición me está transmitiendo una sensación caótica y mi preocupación aumenta, mientras me pregunto qué hacer.




No puedo evitar mantenerme a la escucha de lo que es una retrasmisión sonora confusa: no hay ninguna voz retransmitiendo y lo que se escuchan son sonidos de la calle, a la vez que las voces de periodistas y de ciudadanos a los que entrevistan. En una situación tan crítica para nuestra sociedad, me pregunto si el mantener mi intención de buscar información sobre la que crear ficción no es una muestra de un carácter sociópata. Pero creo que la vida no debe detenerse ante estas desgracias. Lo que debo hacer es mostrar mi solidaridad con las víctimas y mi repudio ante los terroristas, pero no puedo responder con miedo ante quienes buscan causarnos terror, asustarnos, que dejemos de vivir en Libertad y con Respeto.

Yo, Marcelino José Ortea Suárez, condeno el atentado y lloro por cada una de las víctimas.

Yo, Nino Ortea, hago lo que puedo por ayudar a crear una sociedad mejor. Y lo que mejor puedo hacer es escribir historias de esperanza.



Un abrazo a todos.

miércoles, 16 de agosto de 2017

El pesado del pasado



Ayer por la mañana, el sol que nos está siendo tan esquivo este verano vino a visitarnos, quizá para unirse a la polvoreada celebración de la patrona de nuestra ciudad.
Como buena mañana norteña, el cielo presentaba sus claro-obscuros, lo que me permitió salir con una chaqueta por alforja en la que guardar dos pares de gafas –pro lectura y anti sol–, un botellín con agua, un lápiz y una libreta –por eso de si mi divagar me acercaba a algún parnaso creativo–. Ahora que, pese a mi inmadurez, me encamino a hacerme viejo, suelo salir de casa tan equipado que en vez de irme de paseo parece que me voy a Borneo.


Estaba sentado, absorto en mis ensoñaciones, cuando alguien pronunció el nombre por el que me asentaron en el registro civil. A la tercera citación, me di por aludido y miré a mi invocador, temiendo que fuera alguno de aquellos señores vestidos de chándal que merodeaban por el parque, y que me retaba a echarle una carrera por eso de quedar bien ante sus nietos.
Quien me habló era un antiguo compañero de instituto, el cual, al igual que otros muchos desplazados vitales, se había convertido en turista accidental de su antigua ciudad durante las fiestas patronales. Tras recordarme quién era, se olvidó de preguntarme cómo estaba. Mis tripas empezaron a avisarme de que llegaba el momento de irme a casa, para no tardar en saborear la comida que había preparado mi padre. Así que rechacé la invitación del aparecido a ir a compartir unas sidras; y, tras volverlo a declarar bienvenido a nuestra ciudad, me despedí sin mostrar intención de saber más de él y de sus treinta años de gloria que aún le quedaban por glosarme.
El desconocido se ofreció a acompañarme un rato, así que opté por tomar el camino de vuelta más corto. Me habló de forma apurada sobre su vida exitosa y de su glamurosa esposa, a la que me presentaría la próxima vez que nos volviéramos a ver. Llegados a mi portal, intentó seguiraireando logros, entre los que no estaba el de lograr atrapar mi atención. A mi hambre azuzante se unió la urgencia por ir al baño –que como ya no soy aquel alumno de instituto al que le hablaba el desconocido, mi cuerpo cincuentón encuentra difícil frenar la micción–, así que tras una brusca despedida me fui sin tiempo para aceptar su sugerencia de intercambiar nuestros números de teléfono, que el muy alegre tenía toda la pinta de ser uno de esos hombres felizmente casados que no se cansan de mandarte, a escondidas de sus esposas, por WhatsApp videos de mujeres gozosas de no estra unidas a él.

Como aún faltaban unos minutos para la hora acordada, y a mi padre no le gusta que las cosas ocurran antes de cuando las espera, me senté a hacer tiempo para subir a comer. No sé por qué me acordé del fallecido James Gandolfini. Más bien de la psiquiatra que oía desganada sus confesiones en la teleserie «Los Soprano». Quizá, al final, la vida sea un sueño; pero hay momentos en los que escuchar la de otros se convierte en pesadilla.
Gracias por escucharme / leerme, amigo lector.